Café con sacarina

Ayer el fútbol volvió a besar el césped en Alemania. Una de las medidas de la desescalada que lleva aplicando el gobierno federal en las últimas semanas era la vuelta de la Bundesliga sin público y otras numerosas medidas de seguridad e higiene.

Sinceramente, y pese a residir en el país teutón, algo totalmente desconcertante a mi entender. Desde la vuelta del fútbol en sí, a las medidas adoptadas en esta nueva normalidad futbolística. Aunque no nos engañemos, el motivo real del regreso del fútbol en Alemania, así como en algunos países europeos, es el dinero producido de las retransmisiones televisivas.

Pero observando las medidas de seguridad, te das cuenta de que todo es un esperpento. ¿Qué sentido tiene controlar la distancia en el banquillo, todos con mascarillas a excepción del entrenador, prohibir las celebraciones grupales, prohibir la foto inicial, que los equipos salgan por separado, así como otras medidas parecidas, para que luego lleguemos a la conclusión de que el fútbol es un deporte de contacto y algo totalmente inevitable durante la disputa del mismo?

La respuesta parece sencilla. Son medidas para minimizar el riesgo. ¿Pero alguien se ha dado cuenta que es imposible desinfectar el universo y que a la finalización del partido, o de los entrenamientos, esos jugadores se reunirán con su familia? Es imposible controlar, y evitar, el hecho de que las parejas e hijos de los futbolistas salgan a comprar, al colegio (depende del país y edad), a pasear, a ver amigos, familia etc. El control absoluto es algo inexistente.

Cuando decimos que los futbolistas, así como los políticos, viven a una burbuja, nos referimos a que se desenvuelven en un marco donde los problemas económicos y sociales son muy diferentes al resto de los mortales. No que vivan en una burbuja literalmente como John Travolta en la película El chico de la burbuja de plástico.

Así pues, por una lado, como aficionado al fútbol, estoy feliz. Pero por otro lado, queda la incertidumbre de saber si serán capaces de garantizar la seguridad de los futbolistas y técnicos y finalizar la temporada.

Esto me recuerda cuando una persona a dieta va a un restaurante y se pide de primero una ensalada bien cargada con su salsa, un entrecot al roquefort de segundo, helado de postre, pero pide un refresco carbonatado sin azúcar para beber y un café con sacarina. Un sin sentido absoluto.

Menos corbatas, y más empatía.

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