Como ya he mencionada varias veces durante la temporada, no esperaba gran cosa tras la debacle del curso anterior. No se trata de pesimismo, sino de comprensión al reconocer que el Barça se encontraba en pleno período de renovación.
El principio de La Liga confirmó mis impresiones. Hubo momentos en que ya era feliz con acabar la temporada en posiciones europeas. En el peor de los momentos, llegué hasta sufrir por mantener la categoría.
No se debía solamente por la calidad, efectividad, o la solvencia del equipo, sino por la actitud mostrada en ciertas etapas. Además, se dejaba entrever un ambiente enrarecido entre algunos miembros de la plantilla y el nuevo entrenador, Ronald Koeman.
Ciertamente, la derrota cosechada la semana pasada ante el Sevilla en la ida de las semifinales de Copa del Rey, supuso un paso atrás en las aspiraciones del Barcelona en conseguir el título más asequible, a simple vista, para la presente temporada.
Conseguir algo más que el subcampeonato en La Liga va a ser un milagro. En la Champions League es pronto para decir nada. La eliminatoria ante el PSG va a suponer un examen para medir las aspiraciones reales del Barça en la máxima competición continental.
Pero una cosa es segura. Si mis impresiones de este equipo han cambiado respecto a los primeros compases de la temporada son debido al giro radical de la actitud y de la sensación de grupo, de unión que desprenden los jugadores y que han supuesto una pequeña revolución en la dinámica del equipo.
No sabemos qué pasará en los meses que restan para la finalización de uno de los cursos más complicados que se recuerdan en Can Barça, en todos los aspectos. Pero una cosa es segura, con esta actitud, la correcta, todo es posible, y cualquier cosa puede pasar de aquí a final de temporada.
Pase lo que pase, el primer año de Ronald Koeman debe servir de cimientos para un futuro fructuoso.
